Semana Santa, tiempo de reflexión

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Transitamos tiempos tormentosos, donde abundan el desconcierto, la incredulidad, la violencia y la desigualdad. Todos tenemos algo que ver con lo que sucede. A la vez, se nos presenta la posibilidad de participar de la utopía de promover cambios positivos y orientados a la amistad social.

Claro, es un reto por cuanto se requerirá templanza, paciencia, perseverancia y comprensión. Los valores éticos y el esfuerzo por humanizar nuestras relaciones deben ganarle al desencanto y la desesperanza.

En ese marco, la Semana Santa, más allá del contenido religioso para los cristianos, constituye para el conjunto de la sociedad, independientemente de la tradición espiritual a la que cada uno adhiera, e igualmente para los que no se vinculen a ninguna, un momento propicio para la introspección profunda.

Esa que nos conduzca a modificar comportamientos y actitudes en pos de una comunidad que vaya caminando sin pausa hacia la inclusión, sabiéndonos todos parte de un mismo destino. Pensar al otro es una forma concreta de hacer pertinente la convivencia. La tragedia de la pobreza y la indigencia debe desafiarnos a encarar acciones correctivas conducentes.

Convirtamos la famosa grieta en crisis. Ésta significa, esencialmente, oportunidad. Aprovecharla requiere del compromiso de la ciudadanía. Convoca a los dirigentes a exponer grandeza, en especial a los de más alta obligación por sus funciones. Éstos, en los edificantes casos en que lideren proyectos focalizados en dejar atrás infortunios que laceran, están desafiados a demostrar entrega y a aceptar hasta el sacrificio del olvido.

Concentremos las energías en construir viaductos que nos acerquen, en escuchar y respetar la diversidad de opiniones y miradas, en dejarnos permear por las mejores propuestas sin el consabido intento de hegemonizarlas (vicio recurrente de la dirigencia política), en hacer de la articulación estado-sociedad civil-empresa una práctica permanente y virtuosa, en inspirar una educación de calidad y con igualdad de oportunidades para los más débiles.

Aprovechemos estos días de reflexión, para proponernos aprender a perdonar, a entender que nadie es perfecto, ni los demás ni nosotros mismos. “El perdón es vital para nuestra salud emocional y la supervivencia espiritual. Sin perdón la familia se convierte en una arena de conflictos y un reducto de penas. Sin perdón la familia se enferma. El que no perdona se enferma física, emocional y espiritualmente” afirmó el papa Francisco en su homilía, quién finalizó su prédica con algo que nunca debemos olvidar: “El perdón trae alegría donde la pena produjo tristeza”.

 

Carlos Laboranti

Director Ejecutivo