Un mundo virtual en los niños y jóvenes

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Muchos de los jóvenes de hoy en día está conectadas varias horas a Internet. ¿De dónde sale este tiempo dedicado al mundo virtual? Del mundo real, el de las cosas tangibles, el de las relaciones personales cara a cara, voz a voz, cuerpo a cuerpo, el de los vínculos familiares, el de experiencias vivenciales en la realidad física. Lo cierto es que, las horas que se suman a Internet se restan de otra parte. Por esto, muchas veces la realidad virtual desplaza a la real y la conexión a la comunicación.

La comunicación requiere mirar, escuchar, hablar y percibir emocionalmente (pues en todo acto de comunicación se pone en marcha lo emocional no verbal, con un precioso cúmulo de información). Incluye significativos silencios, modulaciones, experiencias compartidas. Como cualquier pieza de artesanía la comunicación entre personas reales y distintas requiere, además, de un ingrediente esencial: el tiempo. Un acto de comunicación es siempre único, es un punto de llegada. Y nos comunicamos con la totalidad de nuestro ser.

Las herramientas de conexión no son, necesariamente, de comunicación. Los humanos se comunicaban antes de Internet, antes del teléfono, antes del telégrafo y aun antes de la escritura. Comunicarse es una necesidad existencial. Los avances tecnológicos estuvieron siempre al servicio de esa necesidad y facilitaron, además, la información. Pero una cosa es la herramienta al servicio del hombre y otra el hombre al servicio de la herramienta. En el primer caso el instrumento es usado para cuestiones puntuales y por un tiempo específico. En el segundo se corre detrás de su evolución, se posponen y postergan vínculos, afectos, actividades, necesidades, atención e incluso vocaciones, sacrificándolos a la urgencia de la conexión, que se impone hasta crear la ilusión de que es imposible vivir sin ella.

La realidad es que los adolescentes están en riesgo de convertirse en simples accesorios de artefactos tecnológicos. De vivir al servicio de estos, en una carrera de adecuación servil, de actualización por la actualización y, finalmente, de adicción. Todo esto con sus consecuencias de inadecuación para vivir en el mundo real, ese en el que, con los lógicos y naturales cambios evolutivos, se construyó desde siempre la experiencia humana.