La paciencia, un atributo poco valorado

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Vivimos en tiempos apresurados y alocados, en general vivimos sin tiempo. Lo real es que el día tendrá siempre veinticuatro horas. Cada vez parecen menos ante la frenética oferta de actividades y seductoras promesas de entretenimiento, de consumo, de experiencias. Recibimos miles de imperativos, directos o subliminales, a lo largo del día, sea por vía visual o auditiva. Ante todo lo que se nos impone hacer, adquirir, experimentar, ver u oír, no queda más remedio que acelerar. La velocidad le gana a la quietud. Y, sin embargo, el día sigue teniendo veinticuatro horas. No alcanzan. Al cabo de ellas sobreviene la alienación, la sensación de estar afuera de uno mismo, ajeno al propio ser. Y la insatisfacción por lo no alcanzado.
No son buenos tiempos para la paciencia. Todo es velocidad y ansiedad. Más que nunca, quien espera desespera. La persona que aguarda, que reflexiona, y ni hablar de la que vacila, no cosecha aprobación. Quien es paciente pasa hoy por ineficiente, desinteresado, lento. Lo cierto es que la multitarea aparece como una virtud, cosa que no ocurre con la lentitud y, mucho menos, con la paciencia
La paciencia no es resignación, inactividad, claudicación ni indiferencia, dice en un breve texto que dedicó al tema. Es constancia, insistencia, coherencia, es una forma de acción que convive con la espera, pero no se limita a aguardar la llegada de algo o de alguien. Con su quehacer crea las hospitalarias condiciones para que advenga: lo hace venir. Aunque cueste entenderlo, quien ejerce la paciencia no está inactivo. Valga la paradoja, está haciendo algo: esperar. El secreto reside en cómo se espera. ¿Con impaciencia? ¿Con reflexión? ¿Con discernimiento? ¿Con comprensión? ¿Con malhumor? ¿Con atención?
«La palabra paciencia significa disposición a permanecer donde estamos y a vivir la situación al máximo, en la creencia de que algo oculto se manifestará a nosotros», escribía el sacerdote holandés Henri Nouwen (1932-1996), autor de iluminados trabajos sobre espiritualidad. Ahí está la clave. La paciencia siempre da un fruto. O cura una herida. O alivia un dolor. O alimenta una esperanza. O abre un aprendizaje. El día tendrá siempre veinticuatro horas, y por mucho que apretemos el paso no habrá más cosecha. Transitar esas horas con más paciencia que urgencia o ansiedad acaso nos permita pasar por el tiempo dejando una huella en lugar de ser simplemente arrasados por el tiempo.

Por Carlos Laboranti, Presidente.