El 1º de diciembre se estableció como el Día Mundial del Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH) y aún hoy existe desigualdad en el acceso a pruebas, tratamiento y atención médica de enfermos con esta infección viral.
La enfermedad históricamente ha sido marcada por la discriminación y la desigualdad. Los primeros casos reportados ocurrieron en 1981, cuando en septiembre de ese año se llevó a cabo la primera conferencia sobre personas que adquirían infecciones que normalmente solo se presentaban en individuos con las defensas muy bajas.
El común denominador eran hombres que tenían relaciones sexuales con otros hombres y presentaban neumonía por Pneumocystis carinii (en la actualidad Pneumocystis jiroveci) y sarcoma de Kaposi, que hoy sabemos está asociado a la infección por el virus del herpes 8.
En 1982 se estableció una definición para estos pacientes denominándose síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA). En diciembre de ese año, se demostró que también se presentaba en personas que habían recibido transfusiones de sangre o sus productos, incluyéndolas como individuos de alto riesgo para contraer la enfermedad. En 1983 se documentaron casos en mujeres sin factores de riesgo, por lo que se aceptó que podía trasmitirse por contacto heterosexual. Ese mismo año se demostró que la enfermedad podría transmitirse en el embarazo de la madre al recién nacido. El virus fue identificado por científicos franceses y estadounidenses en 1984 y fue hasta marzo de 1985 cuando se aprobó la primera prueba diagnóstica para la detección del agente infeccioso.
Resulta increíble cómo en más de 40 años cambió la capacidad para detectar una nueva enfermedad, tanto por el microorganismo que la producía como la disponibilidad de la prueba, de 3 y 4 años respectivamente, a lo que ocurrió con el SARS- CoV-2, cuyos primeros casos ocurrieron en noviembre y diciembre del 2019 y para enero, un mes después, ya se contaba con la identificación y secuenciación del virus, así como con una prueba diagnóstica.
El retraso en el conocimiento del VIH origino miedo e incertidumbre que llevaron a una discriminación brutal hacia los pacientes con la enfermedad, los cuales fueron vistos como una amenaza, alejándolos de sus familias, aislándolos en hospitales e incluso fueron sentenciados a muerte en algunos regímenes autoritarios. Historias como la de Ryan White, un adolescente de Indiana contagiado por transfusión y al que se le negaba el acceso a la escuela, demostraban que la enfermedad requería que la sociedad entendiera, comprendiera y aceptara.
Era más fácil el rechazo, la discriminación y el estigma para enfermos que morían en condiciones terribles.
Han pasado más de 40 años desde el descubrimiento de la enfermedad. A pesar de que existen tratamientos que evitan la progresión de la enfermedad y que los pacientes mueran, miles de personas fallecen de enfermedades relacionadas con el sida, esto se debe a que más del 25 por ciento de los enfermos no tienen acceso a medicamentos, atención médica y en algunos sitios ni a pruebas diagnósticas, lo cual contribuye a que la epidemia continúe.
El mundo están muy lejos de lograr una igualdad en el tratamiento de una enfermedad que, de tratarse en forma adecuada, evitaría defunciones y el contagio a otros individuos. El tiempo pasa, la ciencia avanza, pero tristemente la desigualdad crece. Es tiempo de buscar las formas para poner fin a los estigmas, la discriminación, la intolerancia. Si queremos que el futuro de la humanidad mejore, tenemos que empezar por buscar la igualdad.
El autor es Médico Internista e Infectólogo de México. @DrPacoMorenol




