Por Agustina Teper, tesista de la Licenciatura en Ciencia Política.
El cierre de listas nacionales del último domingo reconfiguró el tablero político de cara a las
elecciones legislativas del 26 de octubre. Ese día se renovarán 127 bancas en la Cámara de Diputados y 24 en el Senado, pero el impacto excede los números: lo que está en juego es la capacidad del sistema político de sostener acuerdos básicos en un escenario de creciente desconfianza ciudadana y erosión democrática.
La fotografía del cierre muestra un panorama complejo. La Libertad Avanza (LLA) se afirma como fuerza dominante, con el objetivo de ampliar su representación para consolidar una agenda de reformas de corte disruptivo. El PRO, tras años de centralidad, atraviesa una etapa de redefinición que lo relega a un papel secundario en gran parte del país. El peronismo, pese a su fragmentación, logró unificar candidaturas en 17 provincias, lo que le da volumen territorial. En paralelo, gobernadores de distintos signos políticos conformaron el frente federal “Provincias Unidas”, una alianza que busca consolidar autonomía frente al oficialismo nacional y al kirchnerismo, y que podría convertirse en árbitro de las futuras negociaciones en el Congreso.
Sin embargo, más allá de la ingeniería partidaria, la democracia argentina enfrenta un desafío mayor: la erosión de los consensos que, durante las últimas cuatro décadas, sostuvieron las reglas de juego. Este fenómeno no se expresa únicamente en la fragmentación política, sino también en la creciente distancia entre representantes y representados, en la naturalización del desencanto ciudadano y en la dificultad para generar confianza en las instituciones.
Hablar de erosión democrática es advertir sobre un proceso paulatino. No podemos considerarlo como quiebre abrupto, sino de un desgaste que mina silenciosamente la legitimidad del sistema. Cada vez que el debate público se reduce a la descalificación del adversario, cada vez que las campañas se apoyan más en la viralización de agravios que en propuestas concretas, se profundiza ese deterioro. Y cada vez que la ciudadanía se retrae de la vida pública, la democracia se debilita.
De allí que el desafío no se agota en el calendario electoral. Uno de los hitos que demuestran esta tendencia fue el 17 de agosto, cuando se oficializaron las listas nacionales que competirán en octubre. Esto último dejó en claro cuestiones de mutaciones en las principales alianzas que se conocían hasta la actualidad. Pero el verdadero reto es otro: reconstruir una cultura política donde la participación ciudadana sea el motor del sistema, y no su eslabón más débil.
En tiempos de caos y fragmentación, domar la erosión democrática exige más ciudadanía. Requiere que los partidos políticos abran sus estructuras, que los dirigentes transparenten sus proyectos y que la sociedad recupere el hábito de involucrarse debatiendo, fiscalizando, votando, exigiendo. Porque la democracia no se agota en el acto de depositar una boleta en la urna, sino que más bien se fortalece en la vida cotidiana, en el control del poder y en la construcción colectiva de un horizonte común.
El cierre de las listas nacionales es apenas un capítulo en una historia más larga que finaliza post elecciones, y que continúa retroalimentando al sistema político argentino. La pregunta de fondo no es solo quién ocupará una banca, sino cómo recuperamos la confianza en un sistema que nos pertenece a todos. Esa es la verdadera tarea: transformar el desencanto en participación y el caos en un nuevo pacto democrático.




