¿El “amor propio” es tan importante como se dice en nuestra época?

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¿Qué es el amor propio? Esta pregunta puede parecer sencilla en una época como la nuestra, en la que tanto se fomenta el culto al yo y a la identidad personal. En un mundo donde por tantos frentes se amenaza al sujeto a contemplar su imagen y complacerse en ella, a definirse casi exclusivamente a partir de sus cualidades y además sentirse orgulloso de éstas, a privilegiar su punto de vista como la única forma de entender la realidad, ¿qué puede ser más sencillo de definir y hasta de practicar si no el amor a uno mismo? ¿No es eso lo que hacemos todos los días?

Por supuesto, la cuestión no es tan simple. ¿Amarse a uno mismo es amarse como se amaría a otra persona? ¿Es llenarse de mimos y cuidados? ¿Amarse a uno mismo es tomarse selfies un día sí y otro también? ¿Cultivar el cuerpo y la belleza propios? ¿Tiene límite ese amor a uno mismo? Una cirugía estética, ¿es un acto de amor hacia uno mismo?

Hablar de la idea del “amor a uno mismo” (pero sobre todo, realizarla) sin reflexionar antes sobre la noción misma de amor conduce a derivaciones cercanas al contrasentido. Es curioso que el amor tenga tanta importancia para el ser humano, desde prácticamente cualquier perspectiva, que sea algo que nos preocupa a nivel personal, algo a lo cual le dedicamos atención y esfuerzos pero, al mismo tiempo, casi nunca nos preocupemos por hacernos preguntas tan sencillas como qué es el amor para mí, cómo y de quién aprendí a amar, si existen otras formas de amor o en qué se ha manifestado hasta ahora la capacidad de amar que cada uno posee (no sólo en qué relaciones o dirigido hacia qué personas, sino en qué actos, en qué resultados, en la consecución de qué propósitos, etc.). En general, las personas van por la vida creyendo que aman y que aman auténtica o genuinamente, cuando en la mayoría de los casos no hacen sino repetir ideas y conductas que aprendieron sin darse cuenta y de las cuales no han tomado la distancia suficiente para saber si, efectivamente, ese es el amor que quieren en su vida. Y el caso específico del amor propio no es la excepción.

Del «amor propio» puede decirse, de inicio, que se trata de una cualidad indisociable del ser humano. El amor propio participa de esa doble naturaleza escindida entre la vida en sí y lo propiamente humano, la vida que nos sostiene y nos recorre desde que nacemos y, por otro lado, aquello aprendido, heredado y resignificado que da marco a ese impulso vital y lo convierte en existencia. 

Aprendemos a recibir cierta forma de amor, aprendemos a mirar cierta forma de amor, incluso puede decirse que ya entonces comenzamos a amar aunque no sepamos que lo hacemos. Entonces, en la infancia, amamos para complacer, para agradar, quizá incluso todavía para sobrevivir, para sentirnos cuidados y protegidos. Pero una vez que la infancia ha terminado, ¿seguimos necesitando esa forma de amor? ¿O es momento de amar de otra manera?

 

Carlos Laboranti – Director Ejecutivo.