Por Norma Cadoppi Frigerio, presidente del Foro Estratégico para el Desarrollo Nacional.
Educar, decía Sócrates, es enseñar a pensar, y los argentinos sabemos que nuestra educación está fallando. La sociedad no percibe que estamos en “emergencia educativa”, y el asumir esta realidad es una obligación moral y ética. Somos ricos en el discurso pedagógico, pero en la práctica seguimos exigiendo el dominio memorioso de los datos, en vez de la reflexión.
Enseñar a pensar, es precisamente “el meollo” de la educación formal. Pensar es estructurar y se logra enseñando filosofía como se tiende a hacer ahora con niños de la escuela primaria.
La enseñanza en general se dedica a transmitir información de lo más variada. Por ejemplo Hamlet, quien representa la complejidad y las contradicciones del ser humano; la fórmula química del agua. Todos son datos, y aprender es acumular esos datos, memorizarlos y repetirlos en el momento de un examen, lo que provoca una cabeza llena pero sin dinámica asociativa.
Hoy en nuestro país casi la mitad de los niños están mal nutridos, la mitad de los adolescentes viven en la pobreza, y ambos tienen que usar sus recursos cognitivos para pensar en el corto plazo, y saber qué van a comer, y cómo van a sobrevivir en el día a día. No pueden pensar en el futuro.
El tema no es solo argentino, sino de la educación en el mundo entero, tal como lo constata el biólogo y humanista francés Henri Laborit: “Admitamos que se enseña a hablar y a escribir, pero no a pensar”.
La adolescencia es principalmente una época de cambios. Es la etapa que marca el proceso de transformación del niño en adulto, en la que se produce el descubrimiento de la propia identidad, tanto psicológica como sexual.
En cuanto al aspecto emocional, su llegada significa la eclosión de la capacidad afectiva para sentir y desarrollar emociones que se identifican o tiene relación con el amor.
Es en esta etapa donde pueden surgir adicciones, tanto a sustancias como alcohol y drogas, como las “modernas” a las pantallas y las apuestas online, en completo auge dado el fácil acceso a internet y dispositivos, sumado a la necesidad de llenar vacíos emocionales y de tiempo.
Los jóvenes vinculan la idea de apostar a una forma rápida de multiplicar su dinero, y aunque en términos relativos las cifras ganadas son bajas, hay una idea compartida que define la participación, que tiene que ver con la valoración que otorga entre amigos o conocidos.
Enfrentar estas situaciones requiere fomentar la confianza para que compartan sus experiencias y preocupaciones, controlar el tiempo dedicado a pantallas y juegos, el dinero que invierten en esas apuestas y al mismo tiempo incentivar la participación en actividades deportivas, artísticas, recreativas y en caso de requerirlo, no dudar en buscar el apoyo de profesionales especializados.
Como corolario, la falta de acceso a la educación universitaria y, en consecuencia, a oportunidades laborales formales, es un obstáculo significativo para la inserción social de los jóvenes, quienes enfrentan altas tasas de desempleo, inestabilidad, trabajos precarios y carentes de experiencia.
Para ello, implementar programas que faciliten su acceso a un primer empleo, como pasantías, e impulsar políticas públicas que acompañen a los colectivos de jóvenes, facilitando su integración. Es imprescindible que el Estado se involucre y tome la decisión correcta con la asignación de presupuesto y la implementación de políticas públicas que incluyan y garanticen igualdad de oportunidades.




